Y entonces ¿qué pasó?

Intro from : No hay otra voz como la de Scott Carrier. Scott fue nuestro primer invitado en Transom y nos gusta cuando regresa por aquí. En 2013 publicó su libro llamado Prisoner of Zion. El libro teje sus recorridos por Afganistán y por su ciudad natal, Salt Lake City, mientras investiga los miedos apasionados, los mismos que impulsan las decisiones de los individuos y sus naciones. El libro de Scott también sugiere que todavía es posible aprender. Lee este extracto que compartimos en Transom, una lección maravillosamente sencilla para narradores.

Conocí a Najibullah Niazi en noviembre de 2001 en Mazar-i-Sharif, Afganistán. Me dijo que tenía 19 años pero realmente sólo tenía 17. Fue mi intérprete y guía durante las tres semanas que estuve allí, hasta que se me acabó el dinero. La historia de esas tres semanas es el inicio de mi nuevo libro Prisoner of Zion. El libro termina con Najibullah viniendo a Estados Unidos,a Orem, Utah, en 2007. Logramos que estudiara en la Universidad de Utah Valley, donde yo empezaba un trabajo como profesor. Así que mientras Najib aprendía a ser estudiante, yo aprendía a ser maestro, entre mormones. Él estaba estudiando negocios pero le insistí en que tomara una clase sobre dadaísmo con mi amigo, el poeta Alex Caldiero. Este fragmento hace parte del capítulo “Najibullah en América”:

En fin, le dije a Najib que si tomaba el curso Dada que daba Alex , yo le ayudaría a escribir el trabajo del examen final. Cuando llegó el momento de escribirlo, le dije: “Vamos a dar un paseo por las montañas”. Mi plan era enseñarle a escribir como él habla, o como le gustaría hablar. Subimos por el Cañón de Provo, siguiendo el Río Provo, pasamos por el desvío hacia la estación de esquí de Sundance, hasta el Valle de Heber, un lugar conocido como “La pequeña Suiza”.

“Saca un bolígrafo y un papel y dime, ¿quiénes eran los dadaístas?”, le dije.

Najib puso su cuaderno en su regazo, chupó el bolígrafo y dijo: “Los dadaístas eran artistas en Europa que pensaban que el arte tenía demasiadas reglas y era aburrido, así que se mudaron a Zúrich, en Suiza, donde no había reglas para el arte”.

“Excelente”, dije. “Escribe eso, justo lo que dijiste”.

Le tomó unos cinco minutos y cuando lo leyó, había cambiado por completo el texto y no tenía sentido en absoluto. Era exactamente lo que habrían hecho mis estudiantes. Ellos me contaban una historia que estaba bien, les decía que escribieran lo que acababan de decir y luego lo desordenaban todo tratando de que sonara correcto.

“Mira al río”, le dije, “¿ves algún lugar donde puedas saltar de roca en roca y cruzar hasta el otro lado?”.

“No”, dijo, “hay demasiada agua”.

“Bueno, imagínate que hay un lugar así. Quiero que pienses en escribir como si estuvieras saltando de roca en roca. ¿Sabes nadar?”

“No muy bien”.

“Bueno. Si te caes, te ahogarás. Para poder saltar a una roca debes responder a mi pregunta honestamente, en tu propia voz, no con la voz de alguien más. Si intentas responder con la voz de otra persona, caerás al río y te ahogarás. ¿Lo entiendes?”

“Sí”.

“Saltaste a la primera roca diciéndome quiénes son los dadaístas, ahora salta de nuevo y dime: ‘¿Qué hicieron los dadaístas?'”

“Se sentaban en cafeterías y hablaban sobre nuevas maneras de hacer arte”.

“¿Encontraron algo?”.

“Dijeron que el arte no debería tener reglas. Llamaban arte a todo lo que les agradaba.

“¿Y qué les agradaba?”.

“El que se llamaba Duchamp tomó un inodoro y lo puso boca abajo para que la gente lo viera por su forma, no por lo que hace”.

“¿Y qué opinas de eso?”.

“Pero lo que yo piense no importa”, dijo.

“Así que ahora estás en medio de la corriente y, ¿vas a quedarte allí?, le pregunté. “¿Tendré que llamar a tu padre y decirle que te vieron por última vez en medio de un río contemplando a Dada? Para seguir adelante tienes que decir lo que piensas, ahora, ¡salta!”.

“En mi casa (en Afganistán) nos ponían tareas y el maestro nos decía: ‘Esto es lo que quiero que escriban’ y simplemente seguíamos las instrucciones. Si escribíamos lo que pensábamos podríamos ser golpeados por el profesor”.

“¿Crees que Alex va a golpearte?”, le pregunté.

“No. Nos dijo que escribiéramos lo que pensamos. Dijo que eso es lo que quiere saber”.
“Entonces, hazlo. ¿Qué piensas del inodoro boca abajo?”.

“Para mí funcionó, porque un inodoro es una cosa muy sucia, la cosa más sucia, pero cuando vi la foto no lo vi como un inodoro. Lo vi como una forma hermosa. Duchamp estaba tratando de demostrar que hay más de una manera de ver lo mismo y eso me pareció alucinante ”.

“Muy bien” dije, “escribe eso, todo lo que acabas de decir”.

“¿ Por dónde empiezo?” -preguntó.

“Comienza desde el principio”.

Tomó un tiempo, el almuerzo en un café en Heber, para escribir todo de la misma forma en que lo había dicho, para juntar nuevamente las piezas.

En el camino a casa le dije: “Todavía estás en el río. Tienes un par de piedras más antes de llegar al otro lado y el siguiente salto es el más difícil de todos. Me dijiste quiénes eran los dadaístas, qué hicieron y qué piensas al respecto, ahora dime si el aprendizaje de estas cosas hizo alguna diferencia en tu vida o cambió la forma en que te ves a ti mismo y al mundo que te rodea”.

“Cuando Alex habló de los dadaístas, pensé que estaba hablando de mis amigos de la escuela. A los dadaístas les gustaba pasar el rato, consumir drogas y volverse locos; luego se acostaban unos con otros. Eso es lo que hacen mis amigos aunque vaya contra las reglas de su sociedad. Creían en esas reglas pero ya no. Ellos quieren que no haya reglas”.

“¿Y cómo te hace sentir eso?”, pregunté.

“¿Cómo me hace sentir?”, preguntó.

“Sí, ¿tienes sentimientos? ¿sabes lo que son?”.

Pregunté eso en broma, pero cuando lo dije pensé en Najib caminando por una calle llena de cadáveres y me pregunté si estaba siendo demasiado duro.

“Es divertido y aterrador al mismo tiempo”, dijo.

“Sí, bueno”, dije, “y ¿cuál es la palabra para ese tipo de sentimiento, divertido y aterrador al mismo tiempo?”.

Pensó un buen rato, tal vez durante ocho kilómetros y luego dijo: “No sé”.

“Esta es la última roca”, le dije. “Si logras pasar, cruzas el río. Piénsalo. ¿Cuál es la palabra para describir esos sentimientos?”.
Pensó un poco más y no pudo imaginarlo, así que le dije.

“Libertad”, dije. “Diversión y miedo al mismo tiempo se llama libertad y de eso se trata todo en Estados Unidos”. Le di el final, como muchos otros lo han hecho por mí.

Más adelante en la historia hago que Najib lea Las aventuras de Huckleberry Finn y El guardián entre el centeno y luego que escriba sobre ellos. Le ayudé con los textos, simplemente preguntándole “Y luego, ¿qué pasó?’. Después le pedí que escribiera lo que me decía. A pesar de que él había crecido en una sociedad tribal, primero bajo la ocupación soviética, luego en una guerra civil en la que murieron 13.000 personas, se identificó completamente con Huck y Holden. Pensó que Estados Unidos en 1800 era exactamente como es Afganistán hoy y que su viaje a Estados Unidos era como cuando Huck iba río abajo. Y, como Pashtun, compartía la angustia existencial de Holden. Además, fue capaz de escribir estas cosas en un estilo cautivador, demostrando que las universidades funcionan donde la guerra no lo hace. Puedes escuchar más sobre esta historia en Hearing Voices.

Sobre Scott Carrier

Scott Carrier es autor, fotógrafo, profesor y productor de radio. Sus obras se pueden leer y escuchar en This American Life, Harper’s Magazine, NPR, Mother Jones y Esquire.

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